La rabia me embargaba, me comía las entrañas. Nunca estabas, nunca. Me prometías el cielo y no me dabas ni oxígeno para respirar. Necesitaba una tregua, ganar una batalla contra tí, sólo una. Todo era mentira, tú eras una burda mentira que ni te esforzabas en disimular. Él no era más verdad que tu, pero al menos no me engañó. No creí ni una de las palabras que me dijo, pero no hacía falta, necesitaba escucharlo aunque fuera mentira y aunque no salieran del tesoro de tu boca.
Me desnudó lentamente mientras yo cerraba los ojos intentando apartar tus ojos de mi mente, me acarició con suave tortura notando la sensación que producía su tacto en mi piel, un tacto que no era el tuyo... un olor que no era el tuyo. Su lengua buscaba la mía, y terminó encontrándola, se dejó seducir consciente de que aquello no me hacía más feliz pero al menos, tristemente, reconfortaba encontrar por fin el calor que tu no me dabas, ése que no querías darme y que reservabas para alguien después. En ningún momento pude mirarle a los ojos y cuando formó parte de mí no pude sino girar la cara, avergonzada ante mí, ante él y ante ti. ¿Qué pensarías tu? ¿Importaba?¿Te importaba acaso algo que tuviera que ver con mi persona? No. Daba igual, todo daba igual. A ti, tan fuerte e inalcanzable, tan invulnerable, nada de lo que yo pudiera hacer, pensar o decir te importaba, porque básicamente yo no te importaba tampoco. Todo estaba perdido desde el primer momento, era así de amargo. Mi alma ya estaba vendida al diablo, era un hecho. Dejé de ser una persona para pasar a ser sencillamente un cuerpo, un trozo de carne sin vida, aunque mi corazón latiera. Mi alma ya no valía nada. La podía vender, prestar, cambiar o alquilar por un rato… No importaba… a mí ya me daba igual lo que hicieras con ella desde el mismo momento en que quise regalártela y tu la rechazaste.
lunes, 30 de noviembre de 2009
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)
No hay comentarios:
Publicar un comentario